Por Elliot Prussing
Cómo la gente se junta alrededor, uno no siempre se da cuenta, pero allí están: todos los sábados y domingos, salvo lluvia, a partir de las dos de la tarde, en la Feria del Parque Centenario. Están frente del monumento del mástil a vista del Hospital Durán y a cien metros, más o menos, del Instituto Antirrábico Luis Pasteur. Al igual de muchas otras personas allí, muestran al público el producto de su trabajo. A diferencia de ellas, no cobran sino satisfacción.
“¡Mirá lo que es éste!”, exclama una mujer, orgullosa. El motivo es un bulto de pelo beige, del tamaño de una pelota de futbol, que la mujer levanta para mostrar a la gente. Es un perro cachorro y está perfecto. En su entorno hay muchos otros animales. A dos o tres pasos del cachorro hay enjaulado un hermoso gato adulto, blanco y negro, de pelo largo. Tan expuesto como está con tan poco lugar, no parece estar muy tranquilo pero se porta bien y se queda quieto. En diagonal a ellos, una mujer sostiene dos gatitos negros que se mueven y curiosean como si olfatearan cerca algo sabroso. Una pareja joven se acerca y, tomando uno, hace preguntas que la mujer contesta pacientemente. Entonces la pareja conferencia un ratito entre sí y se decide a tenerlo. La mujer le toma sus datos y al gatito los nuevos dueños se lo llevan contentos. Una iniciativa que empezó a tomar forma a partir de Irene Feuerharmel, una de las primeras proteccionistas que venían al parque regalando perros y gatos rescatados del abandono, hace diez años. Ella tomó los datos de la pareja porque a la mascota que regala le hace seguimiento, vigilando en lo posible por su bienestar y brindándoles a los adoptantes el beneficio de su gran experiencia. De hecho, si la gente tiene problemas con el animal, se acepta la devolución para ofrecerlo nuevamente en adopción. En cambio, ella exige a los adoptantes que a su nueva mascota la tengan en condiciones y que, llegado el tiempo, la castren para que no se convierta en una fuente de animales abandonados en el futuro.

Multicolor. Fin de semana tras fin de semana y año tras año, proteccionistas como Irene aprovechan la mucha concurrencia a las ferias de este y otros parques porteños para promover la adopción de sus animales. Son individuos diversos y según un médico veterinario que tiene mucho trato con ellos, el Dr. Carlos Baamonde, “no hay ningún target particular que los describa”. Las ocupaciones de los del Parque Centenario, que en su mayoría son mujeres, varían desde encargada de edificio hasta doctora de medicina nuclear e incluso diseñadora de indumentaria. Viven en la zona o en partidos tan distintos entre sí como La Matanza y San Isidro. Algunos se ocupan de perros, otros de gatos y otros de los dos y pueden hacerlo en forma individual o en asociación con amigos o en fundaciones. 
Lo que pasa en el parque es únicamente la parte más visible, el punto del témpano de todo un proceso. Además del seguimiento tras la adopción, antes hay una preparación del animal que consiste como mínimo en desparasitar y despulgarlo y muy posiblemente en darle tratamiento por un veterinario. Y si bien el médico veterinario Dr. Guillermo Martello observa que la mayoría de los casos que sus clientes proteccionistas le traen son “fáciles de resolver”, esto no evita que puedan tardar semanas en curarse. Pues en todo este tiempo e incluso hasta que el paciente se adopte, no solo hay que administrarle remedios sino también alojar y alimentarlo y salvo colaboraciones y servicios gratuitos al público, todo lo hacen, todo lo pagan y todo se lo ingenian los proteccionistas.

Dura tarea. “Agotadora” y “desgastante” son palabras que a menudo son usadas para describir esta empresa pero los proteccionistas consideran que los mejores y verdaderos amigos del hombre, los perros y los gatos, valen la pena. Viendo la poderosa atracción que estos ejercen al público en el parque y cuántas personas terminan llevándose contentas a uno, parece difícil discutirlo.
La gente suele preferir a los cachorros y gatitos, y tarda más en adoptar a los adultos. Sin embargo, Irene comenta que, tratándose de perros, uno maduro puede ser la mejor elección ya que “el cachorro bebé hace pis y caca por todos lados y el adulto ya sabe”. También, este favorece la convivencia por ser “más tranquilo” y menos destructivo que un cachorro y aun más, los animales grandes que los proteccionistas regalan en el parque ya están castrados y a veces vacunados. Pero todos los animales en el parque, tanto los maduros como los inmaduros, tienen algo a su favor y es que son de raza mixta. El Dr. Baamonde dice que el mestizo es “más resistente”, “más longevo” y “menos propenso a ciertas enfermedades” que uno de raza.
A las mascotas que reúnen estas y otras ventajas los proteccionistas del Parque Centenario saben apreciarlas y, como es lógico, no las regalan a cualquiera. Exigen conocerlos para que el adoptante si quiere un animal y si está en condiciones para tenerlo bien. Muchos requieren firmar un contrato. Aun así, siempre hay riesgos. Fanny Giménez, representante en el parque de una fundación ubicada en Pilar, se acuerda de un perro que regaló “a una familia que parecía excelente, bien constituida, con un nivel económico que parecía holgado y a los quince días mi perrito apareció abandonado”. Por el otro lado, “a veces una familia humilde se lleva un perrito y lo cuida con todo lo que tiene. Tratamos de hablar y conocer más profundamente a la gente y no por las apariencias”. ¿Cuántas adopciones terminan como la del perrito de Fanny? Según ella, el seguimiento hecho por la fundación indica que son aproximadamente el cinco por ciento. Quiere decir que noventa y cinco por ciento de las adopciones son exitosas. Esto lo logran los proteccionistas. Todo a pulmón, sin fondos públicos y sin fines de lucro. Todos los sábados y domingos a la tarde, en el Parque Centenario.