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Revista el Federal - Viajes - nota

Eterno Viajero, una reflexión sobre volver a casa

Tras un largo recorrido por el mundo, el viajero Pablo Vio comparte una reflexión sobre haber vuelto a Argentina, una 'montaña rusa de sentimientos' que baja su velocidad para mostrar lo que muchos llaman 'realidad'.

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Por Pablo Vio

Hace unos días, y por recomendación de una amiga cordobesa que me lo alcanzó a través de Facebook, leí una nota en un blog que se llamaba: “Volver A Casa Después De Vivir En Otro País No Es Tan Fácil Como Parece”. El título, largo por demás, me hizo pensar. No sabía si animarme o no a leer esa nota que parecía tener una respuesta a un problema que vengo arrastrando hace tiempo. Quizás no una respuesta, pero un entendimiento lógico a todo eso que me pasa y que no le encuentro solución -si es que la tiene.

Lo leí. Una vez. Dos veces… Tres. Lo releí para intentar entender si eso que decía en ese blog sobre el volver a casa después de un tiempo era real, si tenía algún tipo de sentido en mi cabeza. Después de darle una y otra vez, me encontré casi sin excusa y obligado a escupir estas palabras frente a la computadora para contar mi verdad. Mi verdad sobre lo que significa “volver a casa” después de un largo tiempo. Mi verdad sobre lo que para mí fue volver a encontrarme con lo que muchos llaman “realidad”.

Es verdad, no voy a decir nada nuevo si cuento que los primeros días, quizás semanas -y para algunos suertudos meses- suelen ser una fiesta de emociones atrás de otra. Reencuentros, comidas, abrazos, cervezas y hasta tal vez algún beso de un viejo amor que podría reflotar después de un largo tiempo de no verse. Pero eso que puede parecer tan bueno y que se lee como un “regreso perfecto”, deja de serlo una vez que esa montaña rusa de sentimientos baja su velocidad y empieza a ponernos frente a la más cruda realidad.

Sí, llega el momento de volver, bajar de ese avión al que estábamos subidos hace un tiempo largo y todo empieza a desmoronarse sin sentido… Ese castillo de cartas tan perfectamente armado se derrumba con la salida de un As de Corazones que hace poco parecía tan bien colocado y hoy nos tira abajo todo sin pedir permiso. A mí cuando me llegó ése momento se me frenó el mundo. Mil millones de preguntas diferentes llovieron una por una buscando supuestamente respuestas que yo tenía adentro mío. Sí, yo, el que hace algunos días andaba perdido por la vida porque “estaba acostumbrándome a la vuelta” ahora tenía que tomar decisiones. ¡Y qué pedazo de decisiones! Para empezar: ¿qué carajo hacer con mi vida? La que antes, tiempo atrás, pendía de pocas y acertadas decisiones que iban fluyendo poco a poco como un río baja para encontrarse con su causante y siempre encontrar una buena dirección. Esas que por ejemplo sin tanta deliberación me terminaban encontrando con un Gurú Indio en el medio del Ganghes o me hacieron disfrutar inesperadamente ver a Pearl Jam en el medio del Central Park. Decisiones que sin querer me hicieron vivir con una familia nómade en el Tibet o dormir en una mansión millonaria a pocos metros de la paradisíaca Kailua Beach en Hawaii. Decisiones que traían frutos inesperados… Ahora todo eso empezó a llegar en fuertes corrientes de intrigas que sin razón me arrinconaron. ¿Por qué? Porqué ahora se me hace muy difícil saber qué es lo que quiero realmente. Probé algo diferente, algo que se llama vivir la vida, y creo que me hice adicto y no sabría cómo no seguir haciéndolo. Cómo no seguir disfrutándolo. Y empezar a preguntarme qué hacer con mi vida no es más que no hacerle caso a la principal ley de supervivencia que aprendí viajando más de un año y medio por el mundo: ser feliz. Vivir la vida haciendo lo que creo que me hace feliz. No necesariamente arriba de un avión o viviendo en un hotel en el medio del Caribe, pero sí buscando esa felicidad.

Claro, es verdad que muchos pueden pensar que cambié. Llego a mi casa todos los días, el lugar donde me crié con la gente que me trajo a este mundo y me miran raro. Me miran como si ya no fuera el mismo. Como si hubiera algo diferente en mi cara. Lo mismo pasa con mis amigos. El “nuevo” Pablo no es el mismo. No es mejor, no es peor. Pero es diferente. Es lógico igual que lo piensen, algo en mí cambió. Mucho en mí cambió. No quiero caer en la “estupidez” o lugar común de decir “abrí la mente”. No sé exactamente a qué se refiere la gente cuando dice eso, y tampoco sé si realmente se ajusta a lo que me pasa. Porque más que abrir la mente la llené. La cargué hasta el fondo y le puse todo lo que pude hasta que el último espacio libre quedara completo: momentos, lugares, risas, amigos, miedos, preguntas, respuestas, pasos, sueños… felicidad. Sí, la llené de felicidad. Aprendí a ser feliz. De principio a fin. Todos los días, desde el momento en que abría los ojos hasta el momento en que se cerraban a la noche. Y seguramente también cuando los dos estaban apagados y descansaban. Porque aprendí que ser feliz no es una meta, es un estado constante en el que uno puede estar sólo, y únicamente, si uno quiere.

Aunque para ser sincero el “problema” más grande llegó cuando me di cuenta y fui 100% consciente de eso: soy feliz. Acá, allá, en mi cama, o en una hamaca en el medio de la playa. Con mi familia comiendo un domingo, o con dos nuevos amigos italianos preparando pasta en un hostel moribundo. Tomándome el bondi para ir al trabajo o subiéndome a un tren por más de 40 hs. en el medio de la India. Escuchando ladrar a mis perras y disfrutando del rugir constante de una cascada en la selva de Tailandia. Admirando el imponente Angkor Wat y levantando sandías en un campo a las 4 de la mañana. Soy feliz porque aprendí a serlo, y quiero seguir de esa manera. Porque aprendí a no tenerle miedo a lo que los demás sí le tienen -o muchos creen que le tienen. Aprendí que no existe problema que no tenga solución, y en tal caso: los problemas no existen. Que dejar las comodidades y las cosas fáciles a veces es arriesgarse a crecer y dar un paso más grande en la vida. Y que siempre, como me dijo mi mamá alguna vez, se puede volver a casa. Porque caerse no es fracasar, es haber aprendido y hasta tener la madurez suficiente para aceptar las limitaciones de la vida. Y de esa manera, aprender a disfrutarlas y hacerlas parte de nuestro día a día. Quién sabe, quizás algún día las puedas superar.

Pero entonces, si estás leyendo esto y llegaste hasta acá seguro te preguntás porqué digo que tengo un problema cuando líneas atrás vomité palabras tan grandes como “los problemas no existen”. Porque ahora soy feliz y quiero seguir siéndolo. Y eso, en el mundo de hoy, parece ser un problema. Uno que incomoda. Y no es sólo eso; quiero que los demás también lo sean. Quiero enseñarles o contagiarles lo más importante que aprendí viajando. Quiero que lo entiendan y vivan sus vidas igual que yo voy a vivir el resto de la mía: siendo un eterno viajero. Siendo feliz.