Por Araceli Bellotta
 
“El general Peñaloza contaba 70 años de edad; encanecido en la carrera militar, jamás tiñó sus manos en sangre, y la mitad del partido unitario no tendrá que acusarle un solo acto que venga a empañar el valor de sus hechos, la magnanimidad de sus rasgos, la grandeza de su alma, la generosidad de sus sentimientos y la abnegación de sus sacrificios”, escribió José Hernández en el periódico El Argentino de Paraná, cuando se conoció la muerte de Ángel Vicente Peñaloza, a quien llamaban “el Chacho” y los gauchos proclamaban como el “Padre de los Pobres”.
 
Sucedió el 12 de noviembre de 1863, cuando el brigadier general Peñaloza fue ultimado de un lanzazo en su vientre por el mayor Pablo Irrazábal, un oficial que revistaba en las tropas de línea del gobernador de San Juan, Domingo F. Sarmiento, también director de la Guerra por nombramiento del presidente Bartolomé Mitre. 
 
El Chacho fue el último caudillo que levantó la bandera de la Federación sostenida por Facundo Quiroga y por Justo José de Urquiza, entre otros, antes de su extraña derrota en la batalla de Pavón, el 17 de septiembre de 1861,  frente a las fuerzas unitarias comandadas por Mitre. Fue entonces cuando Peñaloza reunió a su montonera convocando voluntarios en las provincias de La Rioja, Mendoza, San Luis, Catamarca, Córdoba y San Juan para continuar la lucha contra el gobierno unitario instalado en Buenos Aires, que Urquiza había decidido abandonar y que en nada se preocupaba por la pobreza del Norte. 
 
A comienzos de 1863, y ante una propuesta de paz de las autoridades, el Chacho le envió una carta al presidente Mitre en la que le explicaba sus razones para la guerra: “Los pueblos, cansados de una dominación despótica y arbitraria, se han propuesto hacerse justicia; y los hombres, todos, no teniendo más ya que perder que la existencia, quieren sacrificarla en el campo de batalla, defendiendo sus libertades, sus leyes y sus más caros intereses, atropellados vilmente por los perjuros”. Y enseguida, por si no había quedado claro, agregó refiriéndose a las tropas unitarias: “Atropellan, destierran y matan sin forma de juicio a los ciudadanos responsables, sin más crimen que haber pertenecido al Partido Federal”.
 
Mitre sabía de lo que le hablaba, porque él mismo había dado instrucciones a Sarmiento, en una carta enviada en marzo de ese mismo año, para que declarara “ladrones a los montoneros, sin hacerles el honor de considerarlos partidarios políticos, ni elevar sus depredaciones al rango de reacciones”. 
 
La sombra del Chacho
 
El Chacho también le había escrito a Urquiza que permanecía encerrado en su palacio entrerriano, instándolo a que se ponga al frente de las fuerzas federales que él mismo había convocado. “Con bastante fundamento espero que V.E. no solamente se pondrá en pie inmediatamente para llevar a cabo la obra que he iniciado, sino que también no perderá momento en comunicarme sus instrucciones, las que serán cumplidas con la lealtad y decisión que V.E. conoce”. Pero Urquiza ya había negociado con Buenos Aires y obtenía pingües ganancias que aumentaron mucho más, luego de que se convirtiera en uno de los proveedores del ejército durante la Guerra del Paraguay.
 
Tras la derrota de Caucete que impidió que el Chacho ingresara en San Juan, el ejército nacional lo persiguió sin descanso. El mayor Irrazábal encontró a Peñaloza en un rancho de Olta, provincia de La Rioja, lo increpó al grito de: “¿Quién es el bandido del Chacho?”, y recibió como respuesta: “Yo soy el general Peñaloza, pero no soy un bandido”.  Poco antes le había entregado su facón al capitán que lo detuvo. Dicen que en su hoja se leía la frase: “El que desgraciado nace, entre los remedios muere”. No fue su caso. Confirmando sus dichos en la carta a Mitre, Irrazábal lo mató delante de su mujer y de su hijo, y luego ordenó clavar su cabeza en una pica para escarmiento del pueblo. 
 
Su compañera de vida
 
Cuando Peñaloza arremetía al frente de sus fuerzas, lo acompañaba su esposa, Victoria Romero, a quien el gauchaje llamaba “la Chacha”, una mujer valiente que le había salvado la vida durante la batalla del Manantial y como consecuencia había recibido un sablazo en la cabeza que le dejó una cicatriz desde la frente hasta la boca, por lo que solía cubrirse con un manto.
 
Eduardo Gutiérrez, uno de los biógrafos de Peñaloza, escribió: “La esposa del Chacho venía con frecuencia al campamento y al combate, a compartir con su marido y sus tropas los peligros y las vicisitudes. Entonces el entusiasmo de aquella buena gente llegaba a su último límite y sólo pensaban en protestar a la Chacha, su lealtad hasta la muerte”. 
 
Odio y amor
 
Muchos años después, sin faltar a la verdad, Sarmiento descargó su culpa asegurando que él no había ordenado esa muerte, pero nunca pudo negar su alegría al conocer la noticia, ni tampoco evitar su orgullo por haber domado a la última montonera.
 
De nada le había servido la polémica sostenida una década antes, conocida como “Las Ciento y Una” y “Las Cartas Quillotanas”, en la que Juan Bautista Alberdi le dijo: “No hay más que un medio de admitir los principios, y es admitirlos sin excepción para todo el mundo, para los buenos y para los pícaros. Cuando la iniquidad quiere eludir el principio, crea distinciones y divisiones; divide los hombres en buenos y malos, da derechos a los primeros y pone fuera de la ley a los segundos, y por medio de ese fraude funda el reinado de la iniquidad, que mañana concluye con sus autores mismos. Dad garantías al caudillo, respetad el gaucho, si queréis garantías para todos”. 
 
“El general de la Nación, don Ángel Vicente Peñaloza, ha sido cosido a puñaladas en su lecho, degollado y llevada su cabeza de regalo al asesino de Benavídez, de los Virasoro, Ayes, Rolin, Giménez y demás mártires, en Olta, la noche del 12 de actual”, escribió José Hernández en el periódico de Paraná al anunciar la muerte del caudillo riojano.